PRÓLOGO : Hay recuerdos que no piden permiso. Simplemente regresan.

La ciudad que me construyó

Memorias de México, arquitectura y memoria

Para mi padre, quien me enseñó a construir con las manos antes de aprender a construir con la mente.


Así la recuerdo

Estación de Buenavista, locomotora al amanecer"
Plaza del barrio con iglesia y tranvía

"Cuando era niño, nunca imaginé que el barrio donde jugaba se convertiría un día en tema de novelas, películas y estudios. Para mí, era simplemente el hogar."

Taller de carpintería, padre e hijos trabajando

"Me enseñó a construir con las manos antes de aprender a construir con la mente. Aquí aprendí que la madera, el tiempo y el cariño dan forma a algo que perdura."

alt="Patio compartido de vecindad, vida cotidiana" style="max-width: 100%; height: auto; border-radius: 4px;">

"Las familias se conocían por su nombre. Las radios vertían música en los patios compartidos y cada rincón poseía sus propios sonidos, aromas e historias."

Calle del barrio con tiendas y gente

"Mercados, talleres, pulquerías y vendedores ambulantes. La ciudad se transformaba afuera, pero aquí la vida seguía girando al ritmo de siempre."


PRÓLOGO

Cada ciudad deja su huella en quienes crecen dentro de ella. Algunas personas recuerdan monumentos; otras, eventos famosos o personas célebres. Yo recuerdo sonidos. Recuerdo el silbido melancólico de las locomotoras que llegaban a la Estación de Buenavista, resonando en la Colonia Guerrero antes del amanecer. Recuerdo la melodía nostálgica del organillero flotando a través de las calles, los gritos rítmicos de los vendedores ambulantes anunciando sus productos y el aroma reconfortante de tortillas recién hechas que escapaba de las cocinas de vecindad.

Recuerdo mi primer juguete, los murales que cubrían las paredes de mi escuela primaria, los exhibidores de joyería forrados de terciopelo y las pequeñas cajas que construíamos en el taller de mi padre, y la silueta distante de la Torre Latinoamericana elevándose lentamente sobre el horizonte de la ciudad. Estos son los fragmentos a partir de los cuales se construye la memoria.

Cuando era niño, nunca imaginé que el barrio donde jugaba se convertiría un día en tema de novelas, películas, documentales y estudios antropológicos. Para mí, la Colonia Guerrero era simplemente el hogar. Fue solo muchos años después que comprendí que había crecido en uno de los barrios más vibrantes e históricamente significativos de la Ciudad de México, durante uno de los periodos más notables de la historia de la nación.

Nací en una ciudad en plena transformación. Durante los años conocidos como el Milagro Mexicano, la Ciudad de México se expandió a un ritmo asombroso. Las autopistas modernas reemplazaron a los caminos tranquilos. Nuevas universidades, hospitales y desarrollos habitacionales aparecieron casi de la noche a la mañana. El acero y el concreto se extendieron hacia el cielo mientras los viejos barrios luchaban por preservar sus tradiciones. La ciudad parecía estarse reinventando todos los días.

Sin embargo, mi infancia se desenvolvió a un ritmo diferente. Detrás de las promesas de progreso, la vida en la Colonia Guerrero todavía giraba en torno a sus vecindades, mercados de barrio, talleres, pulquerías y vendedores ambulantes. Los niños jugaban al fútbol en las calles hasta el anochecer. Las familias se conocían por su nombre. Las radios vertían música en los patios compartidos y cada rincón poseía sus propios sonidos, aromas e historias.

Sin darme cuenta, vivía entre dos mundos. Uno pertenecía al siglo XIX, donde los artesanos trabajaban con las manos, los vecinos dependían unos de otros y las tradiciones moldeaban la vida cotidiana. El otro ya se estaba convirtiendo en la metrópolis moderna que conocemos hoy. En ese entonces, solo veía mi propio mundo pequeño. Solo décadas después —como arquitecto, y ahora como un viejo que mira hacia atrás— comencé a entender lo que había presenciado. La ciudad que me rodeaba no estaba meramente cambiando; se estaba redefiniendo a sí misma. De muchas maneras, yo también lo hacía.

Este libro no es una historia de la Ciudad de México. Los historiadores han escrito esa historia mucho mejor de lo que yo jamás podría. Tampoco es simplemente la historia de mi infancia. Es la historia de cómo una ciudad da forma a una vida, cómo una familia transmite sus sueños de una generación a la siguiente y cómo un muchacho ordinario de la Colonia Guerrero se convirtió eventualmente en un arquitecto que pasó su carrera ayudando a moldear la misma ciudad que primero lo había formado.

La memoria es imperfecta. Algunas fechas se desvanecen y las conversaciones se vuelven difusas con el tiempo. Pero ciertas imágenes permanecen asombrosamente nítidas: el olor a madera fresca en el taller de mi padre, la textura áspera de la piedra volcánica bajo la yema de mis dedos, la emoción de ver la Torre Latinoamericana elevarse piso por piso y la certeza silenciosa —aún desconocida para mí entonces— de que estas experiencias me estaban preparando para una vida en la arquitectura.

Esta es la ciudad tal como la recuerdo. Esta es la ciudad que me construyó.


📌 ¿Estás aprendiendo español? Encuentra vocabulario, notas culturales y ejercicios de comprensión en mi blog de aprendizaje → Práctica aquí

🇬🇧 English Version html Preview

The City That Built Me

Memories of Mexico, Architecture, and Memory

For my father, who taught me to build with my hands before I learned to build with my mind.


PROLOGUE

Every city leaves its mark on those who grow up within it. Some people remember monuments; others, famous events or celebrated figures. I remember sounds. I remember the melancholy whistle of trains arriving at Buenavista Station, echoing over Colonia Guerrero before dawn. I remember the nostalgic melody of the organ grinder drifting through the streets, the rhythmic calls of street vendors announcing their goods, and the comforting scent of freshly made tortillas drifting from neighborhood kitchens.

I remember my first toy, the murals covering the walls of my elementary school, velvet-lined jewelry display cases, and the small boxes we built in my father’s workshop — and the distant silhouette of the Torre Latinoamericana rising slowly above the city skyline. These are the fragments from which memory is built.

As a child, I never imagined that the neighborhood where I played would one day become the subject of novels, films, documentaries, and anthropological studies. To me, Colonia Guerrero was simply home. It was only many years later that I understood I had grown up in one of the most vibrant and historically significant neighborhoods in Mexico City, during one of the most remarkable periods in the nation’s history.

I was born into a city in the midst of transformation. During the years known as the Mexican Miracle, Mexico City expanded at an astonishing pace. Modern highways replaced quiet country roads. New universities, hospitals, and housing developments appeared almost overnight. Steel and concrete reached toward the sky, while older neighborhoods struggled to preserve their traditions. The city seemed to reinvent itself every day.

Yet my childhood unfolded at a different rhythm. Behind the promises of progress, life in Colonia Guerrero still revolved around its neighborhoods, local markets, workshops, traditional pulque bars, and street vendors. Children played soccer in the streets until dusk. Families knew one another by name. Radios spilled music into shared courtyards, and every corner held its own sounds, scents, and stories.

Without realizing it, I was living between two worlds. One belonged to the 19th century — where artisans worked with their hands, neighbors relied on one another, and traditions shaped daily life. The other was already becoming the modern metropolis we know today. Back then, I only saw my own small world. It was only decades later — as an architect, and now as an old man looking back — that I began to understand what I had witnessed. The city around me was not merely changing; it was redefining itself. In many ways, so was I.

This book is not a history of Mexico City. Historians have written that history far better than I ever could. Nor is it simply the story of my childhood. It is the story of how a city shapes a life, how a family passes its dreams from one generation to the next, and how an ordinary boy from Colonia Guerrero eventually became an architect who spent his career helping to shape the very city that had first shaped him.

Memory is imperfect. Some dates fade and conversations grow dim with time. Yet certain images remain astonishingly clear: the smell of fresh wood in my father’s workshop, the rough texture of volcanic stone beneath my fingertips, the thrill of watching the Torre Latinoamericana rise floor by floor, and the quiet certainty — still unknown to me then — that these experiences were preparing me for a life in architecture.

This is the city as I remember it. This is the city that built me.


📌 Reading in Spanish? Follow along with the original text and images here → Read the original

Comentarios

Publicar un comentario