Capítulo 1 - La banda sonora de mi infancia

< Estación de Buenavista al amanecer, años cincuenta. Locomotora de vapor entre luz dorada y neblina.

Estación de Buenavista al amanecer, años cincuenta. La locomotora de vapor respira entre luz dorada y neblina, bajo el letrero BUENAVISTA, donde comienza la banda sonora de mi infancia.

Cuando pienso en mis primeros años, no veo imágenes primero. Escucho sonidos.

Mucho antes de aprender a apreciar la arquitectura, mucho antes de comprender que la ciudad era también un libro construido de piedra y memoria, la Ciudad de México se anunciaba ante mí a través de los oídos.

Cada barrio tiene su propia música, su propio ritmo, su propia respiración. Y la Colonia Guerrero, donde crecí entre calles que todavía llevo grabadas en el alma, poseía una orquesta como ninguna otra.

No era música de salón ni de teatro. Era la voz viva del barrio, la que despertaba al amanecer y se quedaba conmigo hasta que cerraba los ojos.

Estaban el pregón del pan, las campanas de la iglesia, los gritos del ropavejero, la armónica del afilador, la música del organillero y de la marimba, el grito del vendedor de nieves, los pregones de quienes vendían gas y leche, y las risas que subían por los patios de las vecindades.

Y de entre todos esos sonidos, la voz más profunda, constante y poderosa pertenecía, sin duda, a los trenes.

A solo diez cuadras de nuestra casa estaba la antigua estación de Buenavista, la gran puerta hacia el norte de México. Para un niño pequeño, las locomotoras no eran máquinas: eran criaturas vivas.

Respiraban vapor y humo de carbón, sacudían el suelo bajo mis pies y llenaban el aire con silbidos tan poderosos que seguían resonando mucho después de que el tren había desaparecido.

Al principio me asustaban. Después se convirtieron en parte del paisaje, tan naturales como las campanas o el canto de los pájaros.

Hoy entiendo que el latido de mi infancia tenía el sonido de una estación ferroviaria.

Quizá aquellos trenes despertaron una fascinación que me acompañaría toda la vida. Las vías representaban movimiento, conexión y progreso. Años después, como arquitecto, descubriría que también nosotros pensamos en movimiento: cómo recorren las personas los espacios, cómo crecen las ciudades y cómo los edificios conectan un lugar con otro.

Tal vez mi fascinación por las grandes estructuras comenzó no con los edificios, sino con las locomotoras.

Mi primer viaje en tren

Tenía seis años cuando hice mi primer viaje largo en tren. Fuimos a Cortazar, Guanajuato, donde vivían algunos parientes.

Pasé horas con la cara pegada al vidrio, viendo el paisaje desplegarse como una película interminable. Los pueblos aparecían y desaparecían, los campos se extendían hacia las montañas y los postes del telégrafo marchaban junto a las vías con una regularidad hipnótica.

Todo me fascinaba: el golpeteo rítmico de las ruedas de acero, el suave vaivén del vagón y el olor dulce y amargo del humo de carbón que entraba por las ventanas.

Era el descubrimiento de un mundo que existía más allá de mi barrio.

Después de varias horas, la aventura cedió al cansancio. Ocho horas son una eternidad para un niño de seis años.

Recuerdo haber preguntado una y otra vez:

—¿Ya llegamos?

Cada niño lo pregunta. Cada adulto sonríe al recordarlo.


El taller de mi padre

Si la estación de Buenavista fue la banda sonora de mi infancia, el taller de mi padre fue mi primera aula.

Antes de describir las calles que me formaron, debo presentar a la familia que les dio sentido.

Mi padre tenía un pequeño taller donde fabricaba vitrinas de madera y exhibidores forrados de terciopelo para las joyerías del Centro Histórico. En los años cincuenta, aquellos objetos se hacían casi completamente a mano.

Era una empresa familiar. Sus tres hermanas trabajaban con él, también una hermana de mi madre, y mis dos hermanos menores se incorporaron en cuanto tuvieron edad suficiente.

Naturalmente, yo también.

Nadie era espectador. Todos teníamos una función.

El taller olía siempre a madera fresca, pegamento, aserrín y terciopelo. Esos aromas son algunos de los anclajes más fuertes de mi memoria. Incluso hoy, el olor de la madera recién cortada puede transportarme inmediatamente a aquellas tardes junto a mi padre.

Trabajábamos con ayacahuite, un pino blanco mexicano, suave y relativamente fácil de tallar. Con las gubias abríamos los surcos donde después descansarían los anillos y las pulseras.

Pero el taller de mi padre no era un lugar relajado.

Mi padre era extremadamente severo.

Para él, lo más importante era la calidad de la manufactura. Sus clientes eran joyeros muy exigentes. Vendían joyas de calidad a buenos precios y esperaban que los exhibidores estuvieran a la altura de los productos que mostraban.

Una de esas joyerías era La Princesa, muy conocida en aquellos años. Su propietario, el señor Cacho, era amigo y mentor de mi padre, pero también un cliente muy exigente.

No había tolerancia para los errores.

Si una producción tenía una falla, podía ser rechazada y había que comenzar de nuevo.

Para mi padre aquello significaba mucho más que perder unas horas de trabajo. Era una cuestión de orgullo profesional. Había puesto su nombre y su reputación en cada pieza que salía del taller.

Los rechazos lo afectaban profundamente.

Se estresaba, se enojaba y, en esos momentos, toda la tensión recaía sobre el equipo.

Y quienes más la sufríamos éramos sus hijos.

Un error cometido en esos momentos podía significar un fuerte regaño y, algunas veces, algo peor: golpes con el cinturón o con los mismos palos de madera que utilizábamos en el taller.

De niño yo no podía entender la presión que llevaba mi padre sobre los hombros. Para mí, simplemente era un hombre al que había que obedecer y que podía volverse temible cuando algo salía mal.

Muchos años después, al conocer mejor su propia historia, empecé a comprender de dónde podía venir aquella dureza.

Mi padre me contaba que su propio padre lo había tratado de una manera semejante.

Tal vez, sin darse cuenta, estaba repitiendo una forma de educar que había aprendido durante su propia infancia.

Eso no borra el miedo que vivimos ni justifica los golpes.

Pero con los años aprendí que comprender de dónde viene una conducta no significa justificarla.

Significa verla dentro de una historia más larga.


Lo que mi padre vio en mí

Yo nunca fui el más hábil del taller.

Mi hermano menor tenía más habilidad manual que yo y trabajaba más rápido. Yo, en cambio, era más tranquilo y tenía facilidad para las matemáticas.

Mi padre lo observó.

Viendo nuestro trabajo, me dijo:

—«Tu hermano menor es más hábil que tú y más rápido. Tú eres más tranquilo y tienes talento para las matemáticas. Puedes levantar los pedidos y presupuestar inmediatamente a los clientes, sin demora, y eso nos ahorra mucho tiempo.»

Aquellas palabras quedaron grabadas en mi memoria.

No las recuerdo como una humillación.

Al contrario.

Mi padre estaba reconociendo que yo tenía una habilidad diferente.

Mientras mi hermano podía resolver rápidamente el trabajo manual, yo podía hacer algo que también era necesario para que el taller funcionara.

Así comencé a ocuparme de los pedidos, de los cálculos y de los presupuestos.

Todavía era un niño, pero aquella responsabilidad me obligaba a tratar con adultos y con clientes de las joyerías del Centro Histórico.

Sin saberlo, estaba recibiendo una educación que ninguna escuela podía ofrecerme.

Aprendí que el tiempo tenía un valor.

Aprendí que un cálculo equivocado podía costar dinero.

Aprendí que un pedido debía hacerse correctamente desde el principio.

Y aprendí que detrás de cada objeto había una responsabilidad frente a otra persona.

Muchos años después comprendería que esas lecciones serían fundamentales en mi vida profesional.


Una lección escondida en la madera

En aquel tiempo yo creía que simplemente estaba ayudando a mi padre a ganarse la vida.

Ahora entiendo que el taller me estaba enseñando a pensar.

Cada medida importaba. Cada superficie debía quedar perfectamente lisa. Cada pieza de terciopelo tenía que ajustarse sin una sola arruga.

No había atajos.

La calidad no se revisaba al final: estaba presente en cada paso.

Años después, como arquitecto, descubrí que el mismo principio podía aplicarse a los edificios.

Y como maestro, comprendí que también se aplicaba a la educación.

Como abuelo, espero que se aplique a la vida.

Pero existe otra lección que tardé mucho más en comprender.

La disciplina puede formar a una persona, pero el miedo también puede dejar una huella.

Durante muchos años llevé conmigo ambas cosas: las enseñanzas de mi padre y el temor que algunas veces me provocaba.

Hoy puedo mirar hacia atrás y ver al hombre completo: el padre severo, el trabajador incansable, el artesano orgulloso de su oficio y también el hombre que, probablemente sin saberlo, estaba repitiendo parte de la historia que había recibido de su propio padre.

Aquellas tardes en el taller fueron, al mismo tiempo, mis primeras lecciones de oficio, disciplina, responsabilidad y, aunque entonces no podía saberlo, de arquitectura.

Yo todavía no podía saberlo.

Pero también fueron el comienzo de una pregunta que tardaría muchos años en responder:

¿Qué parte de nuestros padres termina viviendo dentro de nosotros?


La radio que llenaba el taller

El taller nunca estaba en silencio.

Su compañera constante era una gran radio de bulbos que acompañaba cada jornada. Mientras nuestras manos tallaban madera o estiraban el terciopelo sobre las estructuras recién encoladas, nuestra imaginación viajaba mucho más allá de aquellas paredes.

Escuchábamos radionovelas que mantenían a toda la familia en suspenso: Chucho el Roto, Carlos Lacroix y la escalofriante Apague la luz y escuche.

Cuando el ambiente se volvía demasiado tenso, alguien cambiaba de estación y la voz alegre de Cri-Cri, el Grillito Cantor, llenaba el taller.

Sin saberlo, la radio me enseñó otra lección esencial:

las historias también tienen arquitectura.

Comienzan abriendo una puerta, nos conducen por distintas habitaciones y finalmente nos llevan a un destino que parece inevitable.

Años después, diseñando edificios, descubrí que la arquitectura seguía un principio parecido.

Los buenos edificios, como las buenas historias, conducen a las personas por un viaje.


La Colonia Guerrero: el territorio que me formó

La Colonia Guerrero era el mundo que me contenía sin que yo lo supiera.

No la veía como un barrio histórico ni como un mapa que pudiera estudiarse. Era simplemente el lugar donde transcurría mi vida.

Las calles, las vecindades, los comercios, las personas, los vendedores ambulantes y todos aquellos sonidos formaban un territorio que yo recorría todos los días sin pensar en él.

No sabía que algún día esas mismas calles serían estudiadas, fotografiadas, filmadas, analizadas y convertidas en historia.

Para mí, eran simplemente el escenario natural de mi infancia.

Yo todavía no sabía que la ciudad me estaba educando.

Lo descubriría muchos años después, cuando comprendiera que antes de convertirme en arquitecto ya había aprendido a mirar, escuchar, medir, recorrer y entender los espacios que me rodeaban.

Pero entonces yo era solamente un niño.

Y la ciudad se me revelaba, primero que nada, por el oído.

🇺🇸 In English

When I think of my childhood, I do not see images first. I hear sounds. Long before I learned to appreciate architecture, the city revealed itself to me through my ears. Every neighborhood has its own music, and Colonia Guerrero held an orchestra like no other.

The deepest voice belonged to the trains. Just ten blocks from our house stood the old Buenavista station, the great gateway to northern Mexico. To a small boy, locomotives were not machines: they were living creatures. They breathed steam and coal smoke, shook the ground beneath my feet, and filled the air with whistles so powerful they kept resonating long after the train had vanished.

At first they frightened me. Then they became part of the landscape — as natural as church bells or the song of birds. Today I understand that the heartbeat of my childhood was the sound of a railway station. Perhaps those trains awakened a fascination that has stayed with me all my life. Rails represent movement, connection, and progress. Architects also think in movement: how people traverse spaces, how cities grow, how buildings link one place to another. Perhaps my love for great structures began not with buildings at all, but with locomotives.

I was six years old when I took my first long journey by train. We traveled to Cortazar, Guanajuato, where some relatives lived. I spent hours with my face pressed to the window, watching the landscape unfold like an endless film. Towns appeared and vanished, fields stretched away toward the mountains, and telegraph poles marched alongside the tracks with hypnotic regularity. Everything fascinated me: the rhythmic clatter of steel wheels, the gentle sway of the carriage, the sweet‑and‑bitter scent of coal smoke drifting through the windows. It was the discovery of a world that lay beyond my neighborhood.

After several hours, adventure gave way to weariness. Eight hours is an eternity to a six‑year‑old. I remember asking over and over: “Are we there yet?”. Every child asks it; every adult smiles remembering.

My Father’s Workshop

If the railway station was the soundtrack of my childhood, my father’s workshop was its first classroom. Before describing the streets that shaped me, I must introduce the family that gave them meaning.

My father had a small workshop where he built wooden display cases and velvet‑lined counters for the jewelry shops of the Historic Center. Today such pieces are mass‑produced; in the 1950s they were made almost entirely by hand. It was a family enterprise. His three sisters worked with him, as did one of my mother’s sisters, and my two younger brothers joined as soon as they were old enough. Naturally, so did I. No one was merely an observer: every one of us had a part to play.

The workshop always smelled of fresh wood, glue, sawdust, and velvet. Those scents are the strongest anchors of my memory. Even today, the smell of freshly cut wood carries me back to those afternoons beside my father. We worked with ayacahuite, a Mexican white pine that is soft and easy to carve. With gouges I would hollow the grooves where rings and bracelets would later rest. It demanded patience more than strength. After hours of work my hands were blistered and my fingers ached from gripping the tool.

I was never the finest craftsman. My father soon realized this and assigned me another role: that of delivery boy. While the others built, I carried the finished orders through the downtown streets, delivering them to elegant jewelry shops whose display cases seemed to belong to another world. Without knowing it, I was receiving an education no school could ever provide. I learned punctuality because customers waited. I learned responsibility because every delivery carried my father’s reputation. I learned confidence because I had to speak with businessmen while still barely more than a child.

“Architecture begins long before entering a university. It begins with learning to work with care, to respect materials, to understand true craftsmanship.”

A Lesson Hidden in the Wood

In those days I believed I was merely helping my father earn a living. Now I understand he was teaching me how to think. Every measurement mattered. Every surface must be made perfectly smooth. Every piece of velvet must fit without a single wrinkle. There were no shortcuts. Quality was not inspected at the end — it was present in every step.

As an architect, I discovered that the same principle governs buildings. As a teacher, I found it governs education too. And as a grandfather, I hope it governs life.

Those afternoons in the workshop no longer seem like childhood chores to me. They were my first lessons in craft, in discipline, and in architecture. I just did not know it then.

The Radio That Filled the Workshop

The workshop was never silent. Its constant companion was a large tube radio that accompanied every working day. While our hands carved wood or stretched velvet over newly glued frames, our imaginations traveled far beyond the walls.

We listened to radio serials that kept the whole family in suspense: Chucho el Roto, Carlos Lacroix, and the chilling “Turn Off the Light and Listen”. When the atmosphere grew too tense, someone would change the station, and the cheerful voice of Cri‑Cri, the Singing Cricket, would fill the room.

“Stories too have their architecture. Great buildings, like great stories, lead people on a journey.”

Without realizing it, the radio taught me another essential truth: stories too have their architecture. They begin by opening a door, guide us through different rooms, and conclude in a destination that feels inevitable. Years later, designing buildings, I discovered that architecture follows the very same principle. Great buildings, like great stories, lead people on a journey.

Colonia Guerrero — The Land That Shaped Me

Colonia Guerrero was the world that held me, all without my knowing it. I did not see it as a historic neighborhood or as a map to be studied; it was simply the place where my life unfolded. The streets, the tenements, the shops, and the sounds formed a territory I walked through without ever thinking about it. I did not know that one day those same streets would be studied, filmed, analyzed, and turned into history. To me, they were simply the natural stage of my childhood.

“The city revealed itself to me through my ears.”

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Esta es la primera parte de mi historia. En los próximos capítulos recorreremos juntos las calles, edificios y rincones de la Ciudad de México que moldearon mi mirada y mi vocación. ¿Me acompañas?

This is the first chapter of my story. In the coming chapters we will walk together through the streets, buildings, and corners of Mexico City that shaped my vision and my calling. Will you walk with me?

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